miércoles, 13 de mayo de 2015

SAN ROMERO, COMPAÑERO NUESTRO



“¡Han matado a Monseñor, han matado a Monseñor…!”. La noticia era gritada por las calles y los caminos de Centroamérica, en los  barrios y las aldeas, en las radios y las televisoras, en las tiendas y las gasolineras... Nadie especificaba y nadie preguntaba más, porque, para entonces, “Monseñor” sólo había uno. Tampoco nadie preguntaba quién fue, ni por qué…

Tres años antes, en 1977, había sido nombrado arzobispo de San Salvador. El país vivía una enorme tensión social, que iba a desembocar en un conflicto armado. Un gobierno militar plagado de asesinos, apoyados por la gran oligarquía (14 familias) y la administración estadunidense, se empeñaba en desoír las justas demandas de la gente, y eliminaba a los disidentes, fueran éstos dirigentes populares, políticos de oposición, sindicalistas, catequistas…; todo ello, para garantizar un statu quo caracterizado por la extrema riqueza, la extrema pobreza y la más brutal represión. 


En una olla a presión

Como toda América Latina, El Salvador vivía uno de los periodos más convulsos de su historia. Frente a la opresión oligárquica, había un auge de los movimientos revolucionarios, que buscaban arrebatar el poder a la oligarquía y establecer un sistema social y económico más justo. La represión militar arreciaba contra los campesinos organizados y los movimientos de trabajadores en las ciudades…; pero la misma represión fortalecía más a esas organizaciones de base. En ese ambiente de efervescencia social, se sucedían los golpes de estado…, para que todo siguiera igual.

Oscar Arnulfo Romero Barrios era una persona conservadora. Tenía 60 años. Había sido párroco y obispo durante más de 30 años. Había promovido movimientos de Iglesia que entonces eran considerados conservadores y espiritualistas, como la Legión de María, los Caballeros de Cristo o los Cursillos de Cristiandad. En algunas ocasiones se había opuesto a decisiones y posicionamientos de sus hermanos obispos progresistas. La diplomacia vaticana creyó acertar al colocar en el Arzobispado a aquel eclesiástico conservador, ingenuo y buena persona. Quizá –pensaron- fuera el hombre adecuado para entenderse con las autoridades, en aquel contexto de extrema tensión social. 

Su nombramiento fue acogido con alegría por el gobierno y los militares. Los católicos progresistas se sorprendieron. Ellos, que tenían un peso importante en la Iglesia Católica, se identificaban con las aspiraciones de los pobres. Y en ese terreno, Romero patinaba. El ejército disparaba contra la gente, y los obispos querían pronunciarse. Él no lo veía claro. No encontraba su posición.

Tres años más tarde, en su homilía en la catedral, se dirigió así a los militares: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión...!”.


Abajarse a los pobres

¿Qué había pasado? ¿Cómo se produjo ese cambio? Romero era una buena persona, y empezó a caminar. Y como era bueno, pudo abrir los ojos a la realidad, el oído a los consejos, y la mente a la comprensión. Escuchaba a sacerdotes y campesinos, a trabajadores y hombres de negocios… En ese camino transformador del Arzobispo tuvo una fuerte influencia el Padre Rutilio Grande, un jesuita amigo y consejero, que se había identificado con sus feligreses campesinos en El Paisnal, zona rural próxima a la capital salvadoreña. El asesinato de Rutilio empujó a Romero a asumir la tarea de defender a los más pobres y denunciar la injusticia y la represión.

Luego vinieron las horribles y masacres del río Sumpul, del Mozote, y muchas más. Y Romero fue descubriendo cómo sufría la gente por la represión y la pobreza. La gente sencilla le visitaba para contarle que su hijo había sido secuestrado, que su marido había aparecido asesinado, que los militares habían violado y torturado a su hija… Tuvo la capacidad de “bajarse” hasta los pobres, de escucharlos, de analizar lo que le contaban a la luz de los criterios de Jesús de Nazaret. Conoció el polvo y el barro de los caminos rurales, el ácido olor de la pobreza y el sudor campesino, la desesperación e impotencia de viudas y huérfanos. Recogía dolores, pobrezas, denuncias, desesperanzas, solidaridades…

Descubrió que sólo podía haber paz si se respetaban los derechos de los oprimidos, y que la paz sería imposible mientras persistiera el lujo y despilfarro en unos pocos y el hambre y la miseria de la mayoría. Se convenció de que era inútil una predicación abstracta, espiritualista, sin compromiso con la historia. Quizá su principal descubrimiento fue que la neutralidad era imposible; que había que estar claramente a favor de la vida, donde está Dios, para no hacerse cómplice de la muerte…


Alumbrando el camino

Romero comenzó a hablar, pero para denunciar; y se iba comprometiendo cada día más, al entender que los pobres no debían ser solo objetos de ayuda, sino sobre todo protagonistas de su propia vida. En sus homilías dominicales, desde la catedral, su palabra se hacía pasión y fuego, consuelo y orientación, condena y esperanza, llamada a la justicia y a la reconciliación... Millones de salvadoreños y centroamericanos se congregaban cada domingo en torno a su aparato de radio, para recibir aquella luz que alumbraba  sus caminos. 

La dinámica represiva se acentuaba. En el primer trimestre de 1980 unas 900 personas fueron asesinadas por fuerzas de seguridad o grupos paramilitares bajo control militar. Romero escribió al entonces presidente Carter, diciéndole que la ayuda norteamericana a su país sólo servía para aumentar la represión. Carter pidió al Vaticano que llamara al orden al Arzobispo. 

Cuando el 23 de marzo suplicó, rogó y ordenó a los militares “¡Cese la represión!”, los dueños del dinero, de la política y de las armas ya no soportaron más, y apretaron el gatillo. Al caer la tarde del 24 de marzo de 1980, cuando Romero celebraba la Eucaristía como todos los días en la capilla del “Hospitalito” (para enfermos terminales de cáncer), las balas lo abatieron. En aquel momento todos en Centroamérica nos sentimos un poco huérfanos. Había caído el último gran profeta de los pobres.

Pero la cosa no acabó ahí. “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”, había dicho. Y el pueblo salvadoreño y latinoamericano lo hizo su santo; un santo cercano, amigo, compartidor y compañero de camino. Monseñor está presente en la vida cotidiana. Pueden verse sus fotos y posters en las cooperativas campesinas, en las oficinas de las ONGs, en las iglesias, en los colegios, en los sindicatos, en oficinas gubernamentales… Sigue hablando y sigue siendo escuchado. Su luz continúa abriendo caminos y alentando a la gente.

He tenido la suerte de visitar y dejarme emocionar varias veces en la capilla donde fue asesinado, y en su casa, y en su habitación (muy parecida a la celda de un cartujo), y en su tumba en la cripta de la Catedral. He visto las silenciosas lágrimas de la gente humilde que deja en esa tumba una vela y flores sencillas con olor a tierra, mientras recuerdan, en él, a sus familiares también asesinados por la barbarie…


Tibieza y entusiasmo

Como les suele pasar a todos los profetas, Romero sufrió los ataques del poder y con frecuencia la incomprensión de sectores importantes dentro de la misma Iglesia. Algunos en el Vaticano hablaban de él como un “marxista” o un “títere manipulado por los curas de la teología de la liberación”. Cuentan que, en una de sus visitas al Vaticano, Juan Pablo II le dijo: “Llévese bien con su gobierno, que es católico”. Recientemente fuentes vaticanas han admitido que hubo una campaña para denigrarlo… ¿No le pasó algo de esto a Jesús de Nazaret?

Ahora, después de  35 años de resistencias institucionales derivadas de una “prudencia” poco evangélica, la Iglesia lo nombra beato, un escalón intermedio para declararlo santo. Probablemente no lo haría si el Papa no fuera Francisco. De todos modos, ya hace años que muchos latinoamericanos lo tienen por “su” santo, y encuentran en él un motivo de inspiración para sus diarias luchas por la justicia.

En estos días los salvadoreños viven desbordados por el entusiasmo. Es su santo y la beatificación es su fiesta. En los más remotos rincones del país los campesinos preparan su viaje a San Salvador. Y en Sal Salvador, las comunidades de base y las organizaciones populares preparan con generosidad la logística para acoger a los cientos de miles de peregrinos que llegarán. Mientras tanto, los obispos llevan en procesión de catedral en catedral y de iglesia en iglesia un recipiente con sangre de Juan Pablo, para ser venerada por los fieles… ¿Torpeza? ¿Acción deliberada para “bajar” el perfil de Romero? Nunca falta un pelo en la sopa…

La beatificación de Monseñor es una gran alegría para todo el pueblo; para quienes reconocemos en él una buena persona y un testigo de Jesús y de la justicia; para quienes aceptamos la ejemplaridad de su compromiso frente a los poderosos de este mundo; y para quienes lo consideramos nuestro compañero de camino.


Waldo Fernández Ramos
Mayo de 2015

No hay comentarios.:

Publicar un comentario